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Sonata nº 29 op. 106 (Hammerklavier) L. V. Beethoven

Obra de especial significación del último período creador de Beethoven, notable por haber traspuesto su autor los límites formales conocidos en su época, abriendo nuevos horizontes a la libertad creadora. Pertenece a un grupo de cinco sonatas que no por casualidad coinciden con un período de la vida de Beethoven en el que dio cima a realizaciones titánicas, como la Novena Sinfonía y la Missa Solemnis, concepciones sinfónicas y polifónicas ambas que superan todo lo que en su época se escuchaba.
Beethoven la destinó al piano de su época con la designación alemana Hammerklavier, piano de martillos, aludiendo así, al pianoforte. La sonata Op. 106 fue la más extensa de todas las que compuso.

Se trata de una obra trascendente y desafiante, que pone en juego todos los recursos técnicos del intérprete, con pasajes de difícil ejecución, muchos de ellos riesgosos, pero, sobre todo, caracterizada por la amplitud de la concepción de un mundo musical y espiritual privativo de uno de los más grandes genios de la humanidad.

En sus tres primeros movimientos, la sonoridad requerida remite una y otra vez a la orquestalidad del piano de Beethoven. Así se puede corroborar desde los enérgicos acordes iniciales del Allegro, que reviven el estilo heroico en el tempo requerido, encuadrado en una sonata gigantesca que combina la forma sonata con la textura polifónica. La fulguración del Scherzo es rica en variedad de tempi, acentos rítmicos y cambios repentinos y luminosos. La variedad de acentos y la graduación de la dinámica son los aspectos de la ejecución que confieren la mayor relevancia a nivel interpretativo. Puede introducirse una pausa después de este movimiento y antes del Adagio. Es algo factible dadas las varias opciones formuladas por Beethoven a su editor de Londres. La experiencia de escuchar la obra en dos partes no resulta desdeñable, aunque será conveniente en tal caso un intervalo no muy extenso. El Adagio sostenuto, en tono menor, un verdadero canto a la melancolía, constituye un contraste expresivo de notable efecto con el siguiente movimiento, la grandiosa Fuga final, a tres voces, con una introducción lírica, que es la exaltación polifónica pura, de rigor austero, donde se emplean de manera exhaustiva todas las posibilidades combinatorias.

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