Salustio, Conjuración de Catilina, 36, 4 – 37 (Traducción de Bartolomé Segura Ramos, ed. Gredos). “En aquella ocasión más que en otra alguna me pareció a mí el imperio del pueblo romano extraordinariamente miserable. Porque, siendo así que todo el mundo de Oriente a Occidente, dominado por sus armas, le obedecía y abundaban en casa la paz y las riquezas, que los mortales consideran lo primero, hubo ciudadanos, con todo, que se lanzaron obstinadamente a destruir el Estado y a sí mismos. Pues en respuesta a los dos decretos del senado ni un solo hombre entre tanta gente había denunciado la conjura inducido por la recompensa, ni entre todos los del campamento de Catilina había desertado nadie: tanta fuerza tenía la enfermedad, una peste por así llamarla, que se había apoderado de la mayor parte de la ciudadanía. Y no solo estaban enajenados aquéllos que eran cómplices de la conjuración, sino que en general la plebe toda por el ansia de revolución secundaba los planes de Catilina...
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